En este caso, el número 40 alude a un tiempo de purificación, sacrificio, prueba, aprendizaje de la fe, búsqueda de la liberación del mal, para una gran epifanía o manifestación de Dios, o del accionar del mismo, de cara al futuro de quien ha vivido esa cuarentena.
Comenzamos a vivir la Cuaresma como el camino que nos lleva a la Pascua, al triunfo de Cristo, que, en palabras del apóstol Pablo, es también el nuestro. Vamos a comenzar un itinerario de sacrificios y actos de piedad para prepararnos espiritualmente para el acontecimiento mencionado que vamos a celebrar; es un volvernos a nosotros mismos y convertirnos en relación con Dios y con los demás, para poder vivir en verdad el nuevo tiempo que inaugura el crucificado al resucitar.
La Cuaresma son cuarenta días y cuarenta noches en las cuales el cristiano reivindica el elemento de purificación para tener un gran encuentro con Dios en la persona de Jesús, como nos lo prefiguran las Sagradas Escrituras.
En la Biblia hay toda una numerología simbólica, que se dirige a una significación espiritual más que a un hecho cuantificable en sí. En este caso el número 40 alude a un tiempo de purificación, sacrificio, prueba, aprendizaje de la fe, búsqueda de la liberación del mal, para una gran epifanía o manifestación de Dios, o del accionar del mismo, de cara al futuro del implicado en tal cuarentena.
En el Antiguo Testamento, tenemos el diluvio, que duró 40 días (Génesis 7,12). Su objetivo era purificar la tierra del pecado que había superado todos los límites en el mundo. Moisés pasó 40 días con Dios en el Sinaí (Éxodo 24,18; 34,28) como purificación propia en representación de la purificación del pueblo, para la alianza que iban a realizar con Yahvé. El pueblo de Israel pasó 40 años en el desierto (Números 14,33 y Deuteronomio 8,2), pasando pruebas, purificaciones y aprendiendo a tener fe, antes de llegar a la tierra prometida. Varios jueces gobernaron durante 40 años en el sistema tribal y clánico de Israel en sus comienzos: Otniel (Jueces 3,11). Débora y Barac (5,31), Gedeón (8,28); Goliat desafía a Israel durante 40 días (1 Sam 17,16), antes de que David lo venza; Elías camina a pie durante 40 días hasta el monte Horeb (1 Reyes 19,8), para encontrarse cara a cara con el Señor, y Jonás anuncia en Nínive que la ciudad será destruida en 40 días (Jon 3,4), si no se convierte.
En el Nuevo Testamento tenemos dos testimonios sobre el número 40, y es el ayuno de Jesús en sus cuarenta días en el desierto (Mc 1,13; Mat 4,1-2 y Lc 4,1-2), donde pasa un tiempo de prueba, tentado por el diablo antes de iniciar su misión, o lo que conocemos como su vida pública, o el inicio del anuncio del Reino.
También tenemos el testimonio en el que Jesús se le aparece a los discípulos 40 días después de la resurrección, enseñándoles sobre el reino y la misión que ellos tendrán por delante, antes de su ascensión al cielo (Hech 1,3).
En resumen, en la Biblia, el 40 representa un tiempo de prueba, de preparación para una misión, de purificación, de conversión y de paso a algo nuevo. Por eso la Iglesia vive la Cuaresma (40 días) como camino hacia la Pascua. Vivamos con disposición a ser mejores este tiempo kairológico o de presencia fuerte de Dios.
Aprovechemos cada instante del mismo y dispongámonos a purificar lo que haya en nuestra vida que necesite de este elemento espiritual, para que así se produzca una verdadera conversión que nos lleve a liberarnos de nuestros pecados y abrimos a lo nuevo que Cristo quiere darnos, por mediación de su pascua salvadora, que se convierte también en la nuestra.