Dios se ha manifestado a los hombres de todos los tiempos, y lo ha hecho de diversas maneras, a nadie oculta su presencia; pero, sólo es posible reconocerlo desde la fe. Sin la fe el hombre se encuentra en la soledad y ausencia de Dios. Nosotros no podemos decidir la manera cómo Dios se nos revela en nuestra vida; a veces, de repente, quisiéramos que Dios se nos dé a conocer de modo portentoso, a través de grandes señales o hechos extraordinarios y milagrosos; pero, Él se revela como quiere y cuando quiere; debemos estar atentos a todo lo que nos manifiesta su presencia.
La primera lectura (Cf., 1Re 19, 9a.11-13a), no presenta una de esas manifestaciones de Dios. Elías esperaba que Dios se revelase en el viento huracanado, en el terremoto o en el fuego, es decir, esperaba la manifestación de un Dios terrible que desplegase un poder avasallador; pero, Dios no se le manifestó ni en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego abrasador, sino en el susurro de una brisa. Elías tiene que desprenderse de esa imagen distorsionada de un Dios avasallador y violento. Dios es paz, presencia serenante para el hombre, se revela en el silencio. No es un Dios que amenaza al hombre sino alguien que nos invita a una comunión plena con Él.
El Evangelio (Cf., Mt 14, 22-33), nos presenta a Jesús manifestándose a sus discípulos en medio de la tempestad. Jesús los invita a la calma, a la serenidad que brota de una fe profunda y comprometida. Cristo es reconocido como Hijo de Dios cuando la tempestad se calma, cuando a sus discípulos les ha pasado el miedo. Jesús, antes de despedir a la multitud, había ordenado a sus discípulos darles de comer. No manda a la gente a retirarse cargando con sus problemas, sino que ha hecho suyas sus necesidades y angustias. Después de haber saciado el hambre de la multitud se retira a solas a orar; a través de la oración quiere acercar más a los hombres hacia Dios. En la oración Jesús está más cercano al Padre y más cercano a los hombres.
Los apóstoles para encontrarse con Jesús tienen antes que atravesar la tempestad. Es difícil navegar cuanto se tiene el viento en contra, los hombres de mar saben muy bien lo que eso significa; pero, no sólo ellos pueden estar con el viento en contra, sino cada uno de nosotros cuando sentimos que las cosas no salen como lo esperábamos. Todas las dificultades con las que nos encontramos en la vida son la tempestad, son el viento en contra con el cual tenemos que bregar, si no lo hacemos entonces naufragamos, nos hundimos o nos dejamos llevar hacia donde sopla más fuerte; y esto es quizá lo más lamentable, es decir, que seamos como veleros que se dejan arrastrar. Si quieres llegar a puerto seguro tienes que navegar muchas veces con el viento en contra, tienes que aprender, de vez en cuando, a ir contra la corriente.
Mientras los discípulos se dejaron llevar por el miedo a la tempestad, no fueron capaces de reconocer a Jesús que venía a su encuentro; es más, lo confundieron con un fantasma (Cf., Mt 14, 26). Es justamente los que nos puede suceder a nosotros: estar pasando por momentos muy difíciles, con el viento en contra, y no reconocer que en esas circunstancias Dios nos está saliendo al encuentro para tendernos una mano, para decirnos ¡Ánimo, soy Yo, no tengas miedo! Dios no nos abandona a nuestra propia suerte, con nuestros problemas, sino que quiere caminar con nosotros, no para hacer las cosas en lugar nuestro sino para darnos el ánimo y la fuerza que necesitamos.
El apóstol Pedro, quien era el más impulsivo del grupo de los doce, y que le gustaba tomar la iniciativa hablando en nombre de sus compañeros, tuvo que pasar un mal momento: reconocer su poca fe y su propia cobardía. Pedro, al ver a Jesús caminando sobre las aguas le dijo: “Si de verdad eres tú has que yo también pueda caminar sobre las aguas para ir hasta ti” (Mt 14, 28). Jesús acogió su pedido; pero, ya sabemos lo que pasó: casi se ahoga. Aquél experimentado pescador, que sin duda sabía nadar muy bien, tuvo pánico y comenzó a hundirse. ¿Por qué fracasó Pedro en ese intento de caminar sobre las aguas?, porque pesaba mucho, es decir, llevaba consigo el peso de su orgullo, autosuficiencia y vanagloria. Para caminar sobre las aguas necesitaba liberarse de su propio peso, necesitaba de la fe y la oración; necesitaba confiar más en Jesús que en sí mismo, necesitaba reconocer su propia debilidad y la fuerza de Dios.
En el relato evangélico de la tempestad calmada, tradicionalmente se ha interpretado la barca como un símbolo de la Iglesia azotada por problemas, y llamada a confiar en la presencia del Señor; pero, también puede aplicarse el simbolismo de la barca y la actitud de Pedro a cada uno de nosotros los creyentes. Muchas veces no logramos superar la tempestad porque nos falta fe, nos dejamos agobiar por los problemas de la vida al confiar más en nuestras fuerzas, en nuestras propias seguridades, antes que en la fuerza de Dios; nos creemos experimentados nadadores de mares embravecidos. Si confiamos poco en Dios, y demasiado en nosotros, nos sucederá lo mismo que a Pedro: comenzaremos a hundirnos.
Mientras Pedro miraba a Jesús, y no a la tempestad, podía caminar sobre las aguas; pero, cuando miró las olas, el viento fuerte, y entró en duda, fue entonces cuando comenzó a hundirse. Nos comenzamos a hundir cuando sólo miramos los problemas que se nos presentan y sólo medimos nuestras fuerzas; pero si somos capaces de descubrir la presencia de Jesús en medio de las tempestades de la vida, si aceptamos la mano que nos tiende y escuchamos su voz que nos dice: ¡Ánimo, no tengas miedo, yo estoy contigo!, entonces tendremos la fuerza suficiente para no hundirnos.
Cuánta gente se siente desesperada, agobiada, sin ánimo para nada; todo ello porque han perdido la fe. Cuántas veces el Señor tendrá que hacernos el mismo reproche: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?” (Mt 14, 31). Sin fe no se puede vivir, y esa fe está unida a la esperanza; sin fe, sin esperanza el hombre se hunde en la desesperación. La fe se pone a prueba justamente en los momentos difíciles que nos toca vivir; si somos capaces de salir de la tempestad, esa fe se verá fortalecida, se hará más madura. El mismo Jesús nos dice: “Todo es posible para quien cree” (Mc 9, 23). Sabemos que nuestra fe no es lo suficientemente fuerte, por eso tenemos que pedirle al Señor que aumente nuestra fe para descubrir continuamente su presencia alentadora en medio de nosotros, haciendo nuestra aquella súplica: “Señor creo, pero aumenta mi poca fe” (Mc 9, 24). La pandemia del coronavirus que estamos viviendo pone a prueba nuestra fe, saca a relucir nuestros miedos y angustias; y, en medio, de la tragedia que nos acecha no vemos la mano del Señor que nos tiende, ni escuchamos su voz que nos dice: “No tengas miedo”. Sola desde la fe podremos vencer el miedo a la enfermedad y a la muerte.