Su imagen ha acompañado a generaciones de católicos desde Lima hasta Nueva York, donde su nombre está ligado a una comunidad hispana que ha encontrado en ella una expresión de fe, identidad y pertenencia.
La festividad de la primera santa canonizada del Nuevo Mundo adquiere un significado especial cada mes de agosto. En Perú, su país natal, la celebración se lleva a cabo tradicionalmente el 30 de agosto. En el calendario litúrgico de la Iglesia universal, la memoria de santa Rosa se celebra el 23 de agosto.
En Nueva York, la devoción tiene un lugar particularmente visible en la Iglesia de Santa Rosa de Lima, en Washington Heights, Manhattan. La parroquia, que forma parte de la Arquidiócesis de Nueva York, mantiene una amplia vida sacramental en español y celebra Misas en ese idioma durante la semana y los fines de semana.
Este año, además, la comunidad parroquial vivió una fecha especial: la celebración de los 125 años de fe de la Iglesia de Santa Rosa de Lima, con fiestas patronales los días 22 y 23 de agosto, en las que participó el arzobispo Ronald Hicks, quien celebró la Misa del sábado 22.
Una santa nacida en Lima
Santa Rosa de Lima nació en 1586 con el nombre de Isabel Flores de Oliva, la décima de los 13 hijos de una familia de ascendencia española afincada en el Perú. Desde joven mostró una profunda vida de oración y una preocupación particular por los pobres, los enfermos y las personas marginadas.
El nombre de Rosa se incorporó a su vida desde la infancia y quedó definitivamente asociado a ella cuando recibió la confirmación. A los 20 años ingresó en la Tercera Orden de Santo Domingo, inspirada especialmente por santa Catalina de Siena. No ingresó en un convento, sino que vivió su consagración en la casa familiar, en una pequeña ermita construida en el jardín.
Su espiritualidad se caracterizó por la oración, la penitencia y una intensa unión con Cristo. Pero su vida no se limitó a la contemplación. Santa Rosa atendió a enfermos y necesitados y convirtió parte de su hogar en un espacio de asistencia para personas pobres, entre las que se encontraban indígenas y mestizos.
Murió en Lima en 1617, a los 31 años. La fama de su santidad se extendió rápidamente y su proceso de canonización comenzó poco después. Fue beatificada por el papa Clemente IX en 1668 y canonizada por el papa Clemente X en 1671. Así se convirtió en la primera santa canonizada del Nuevo Mundo.
La Iglesia la reconoce como patrona del Perú, América, las Indias y Filipinas. Su devoción, sin embargo, no se limitó a esos territorios. Con el paso de los siglos se extendió a Europa y a comunidades latinoamericanas que llevaron su memoria consigo a otros países.
Una fiesta que habla de identidad
En América Latina, la celebración de santa Rosa de Lima combina la liturgia con expresiones de religiosidad popular. Misas, procesiones, oraciones, flores y peregrinaciones forman parte de una tradición que se transmite de padres a hijos en muchos lugares.
En Perú, la fiesta tiene una dimensión nacional. Santa Rosa es la patrona del país y su figura también está vinculada históricamente a instituciones como la Policía Nacional y el cuerpo de enfermería. El 30 de agosto es una fecha de especial importancia religiosa y cultural para los peruanos.
Pero su significado va más allá de la identidad nacional. Para millones de latinoamericanos, santa Rosa de Lima representa la posibilidad de vivir la fe en medio de las circunstancias ordinarias: en el trabajo, en la familia, en el servicio a los demás y en la atención a quienes sufren.
Este aspecto ha vuelto a cobrar relevancia en los últimos años. El Vaticano ha destacado a santa Rosa como una figura cuya espiritualidad sigue hablando a personas de distintas culturas y continentes. En 2026, la Filmoteca Vaticana presentó un documental que mostraba expresiones de devoción a la santa en más de 10 ciudades de cuatro continentes.
Más que una tradición cultural
Para la Iglesia, sin embargo, la fiesta no se reduce a mantener una tradición cultural. La vida de santa Rosa plantea una pregunta sobre la forma en que los católicos viven su fe. Su espiritualidad estuvo profundamente centrada en Cristo, pero también estuvo marcada por la caridad y el servicio. La reflexión contemporánea sobre su figura ha hecho hincapié precisamente en que su devoción no debe separarse de la conversión personal y de la preocupación por los demás.
El cardenal Carlos Castillo, arzobispo de Lima, ha señalado que la celebración de santa Rosa debe llevar a los fieles a actualizar su mensaje y no quedarse solo en una devoción exterior. Desde esta perspectiva, la fiesta es una oportunidad para preguntarse cómo la fe puede transformar la vida cotidiana y las relaciones sociales.
Esta dimensión es especialmente significativa en una ciudad como Nueva York, donde conviven comunidades procedentes de prácticamente toda América Latina. La devoción a santa Rosa puede expresar la diversidad de esas comunidades, pero también una fe compartida.