Texto completo: Homilía del arzobispo Ronald Hicks en la Misa Conmemorativa del 25.º aniversario del 11-S
By: Archbishop Ronald Hicks
A continuación, se incluye el texto completo de la homilía del arzobispo Ronald Hicks, pronunciada el 10 de septiembre de 2026 en la Catedral de San Patricio.
Hoy estamos reunidos aquí con fe,
rezando por todos los que fallecieron en la tragedia del 11 de septiembre.
Y con apoyo y solidaridad, estamos acompañando
a todos los que fueron afectados por este evento tan terrible.
INGLÉS: La sanación lleva tiempo. La esperanza es eterna.
Hace veinticinco años, el 11 de septiembre de 2001,
nuestra nación sufrió una herida como nunca habíamos experimentado.
Si tienes la edad suficiente para recordar aquel día,
es muy probable que recuerdes exactamente dónde estabas.
Quizá estabas en casa.
Quizá ibas al trabajo o al colegio.
Quizá conducías tu coche escuchando la radio.
Quizá caminabas por las calles de Nueva York.
Yo sé exactamente dónde estaba.
Yo era sacerdote en Chicago y había vuelto a la universidad para cursar estudios de posgrado.
Y en la mitad de clase,
el decano entró y nos interrumpió para darnos la noticia.
Recuerdo a mis compañeros de clase y a mí sentados allí atónitos.
Y aunque recuerdo haber pasado el resto de ese día
y gran parte de los siguientes días pegado a la televisión,
mirando con horror e incredulidad,
ni siquiera puedo empezar a comprender cómo fue
para aquellos de ustedes que vivieron esos días terribles en tiempo real.
Y, como tanta gente, me pregunté a mí mismo:
¿Volveríamos a ser felices alguna vez?
¿Volveríamos a sonreír alguna vez?
¿Volveríamos a sentirnos completos alguna vez?
La sanación lleva tiempo.
Y la curación no se produce de la noche a la mañana.
Lleva tiempo superar el duelo.
Lleva tiempo decir adiós.
Lleva tiempo reconstruirse.
Lleva tiempo rezar.
Lleva tiempo recordar.
Y durante veinticinco años,
eso es exactamente lo que hemos estado haciendo.
Al principio asistimos a funerales, a innumerables funerales.
Consolamos a las familias y amigos afligidos.
Nos reunimos para celebrar Misas y servicios de oración.
Cuidamos a los equipos de primeros auxilios y a los sobrevivientes.
Hicimos donaciones a organizaciones de asistencia que lideraron iniciativas de varios años para proporcionar continua asistencia y ayuda.
Leímos los nombres de los fallecidos cada año.
Construimos monumentos conmemorativos.
Reconstruimos el Bajo Manhattan y el World Trade Center.
Creamos el 9/11 Museum.
Creamos fundaciones y becas en memoria de los fallecidos.
Nos unimos, más allá de las tradiciones religiosas, para rezar por la paz.
Y todas esas cosas,
¡Todo ello ha importado!
Sin embargo, incluso veinticinco años después, el duelo continúa.
Una tragedia de esta magnitud nunca desaparece por completo.
Todavía hay lágrimas.
Todavía hay tristeza.
Todavía hay preguntas.
Incluso ahora, hay familias y personal de primeros auxilios
que siguen cargando con las secuelas físicas y emocionales
de aquel día.
Hay recuerdos grabados para siempre en nuestras mentes, corazones y almas.
La sanación lleva tiempo.
Pero la esperanza es eterna.
Y a lo largo de estos veinticinco años, nunca perdimos la esperanza.
Nunca perdimos la esperanza en nosotros mismos.
Y nunca perdimos la esperanza en Dios.
Y creo que es importante decir qué es la esperanza
y qué no es la esperanza.
La esperanza no es optimismo.
El optimismo dice: “Mañana será un día mejor”.
Ahora bien, el optimismo es bueno.
Me gustan más las personas optimistas que las pesimistas.
Pero la esperanza es diferente.
¡La esperanza se centra en el hoy!
La esperanza dice: “Dios está conmigo hoy”.
Hoy, en los buenos y en los malos momentos.
Hoy, en los altibajos.
Hoy, en los momentos de celebración y en los momentos de dolor.
La esperanza es saber que Dios camina con nosotros.
Nunca estamos solos. Nunca estamos abandonados.
Dios está con nosotros,
incluso cuando no podemos ver todo el camino que tenemos por delante.
Ese tipo de esperanza ha sostenido a esta ciudad.
Ese tipo de esperanza ha sostenido a nuestro país.
Y ese tipo de esperanza nos ha sostenido durante 25 años.
Uno de los signos de esa esperanza ha sido nuestro compromiso de sanar juntos.
Desde que me convertí en arzobispo de Nueva York,
me ha impresionado profundamente algo que veo aquí una y otra vez.
Cada vez que hay una gran congregación en la Catedral de San Patricio,
no solo están presentes los católicos.
Hay rabinos.
Hay imanes.
Hay pastores protestantes.
Personas de todas las tradiciones religiosas…
Unidas.
Rezando juntas.
Escuchando juntas.
Buscando el bien común… juntas.
Una de las lecciones de los últimos veinticinco años es que nos necesitamos unos a otros.
Necesitamos un diálogo continuo.
Necesitamos comprensión.
Necesitamos vernos unos a otros, ante todo, como hermanos y hermanas
creados a imagen y semejanza de Dios.
Y ese trabajo, amigos míos, nunca termina.
Requiere atención, humildad y esfuerzo.
Pero forma parte del proceso de sanación.
Otro signo de esperanza que quiero destacar hoy se encuentra aquí mismo, en esta catedral.
En la parte de atrás de esta catedral hay un mural que representa a inmigrantes, santos, líderes cívicos y personal de primeros auxilios.
Sin embargo, la sección que más atrae a la gente
es la que muestra al personal de primeros auxilios.
Ese mural representa al personal de primeros auxilios,
a los innumerables héroes anónimos de aquel día
y a TODAS las personas y comunidades de servicios sociales que siguieron prestando ayuda.
La gente se detiene allí. Reza allí. Se hace fotos allí.
¿Por qué?
Porque representa lo mejor de lo que somos.
Hombres y mujeres que anteponen a los demás a sí mismos.
Personas dispuestas a sacrificarlo todo porque era lo correcto.
Su ejemplo sigue inspirándonos.
Sigue dándonos esperanza.
Como personas de fe, nuestra esperanza está en Dios.
Hablando de la esperanza.
La esperanza significa que Dios no solamente estará con nosotros mañana, sino que Dios está con nosotros hoy.
En nuestras penas y alegrías,
en nuestras lágrimas y risas,
Dios está con nosotros. Nunca estamos solos. Nunca estamos abandonados.
Que Dios nos guíe hacia la vida eterna.
En el Evangelio de hoy, Marta y María están de luto por la muerte de su hermano Lázaro.
Tienen el corazón destrozado.
Su dolor y su pena son reales.
Y Jesús no les dice que sigan adelante.
No les dice que olviden.
No resta importancia a su dolor.
En cambio, Jesús acude a ellas.
Se queda a su lado.
Se compadece de su sufrimiento.
Y entonces le hace una pregunta a Marta.
Le dice:
“Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá”.
“¿Crees esto?”
Creo que Jesús nos ha estado haciendo esa misma pregunta durante los últimos veinticinco años.
¿Crees esto?
¿Crees que el amor es más fuerte que el odio?
¿Crees que la vida es más fuerte que la muerte?
¿Crees que Dios puede traer esperanza incluso de la tragedia?
¿Crees que Dios ha permanecido con nosotros
a través de cada lágrima, cada funeral,
cada homenaje y cada oración?
Y, al igual que Marta, espero que podamos responder:
“Sí, Señor. Creo que tú eres el Cristo,
el Hijo de Dios, aquel que viene al mundo”.
Al mismo tiempo, la fe no nos permite quedarnos solo en el recuerdo.
Porque una de las lecciones que hemos aprendido en los últimos veinticinco años es que la sanación no es algo pasivo.
La sanación no surge por sí sola.
La paz no surge por sí sola.
La justicia no surge por sí sola.
La unidad no surge por sí sola.
Tenemos que trabajar para conseguirlo.
Día tras día.
Conversación tras conversación.
Relación tras relación.
Acuerdo tras acuerdo.
Y tenemos que luchar por ello… juntos.
Veinticinco años después, seguimos recordándolo.
Seguimos rezando.
Seguimos honrando a quienes fallecieron.
Seguimos dando gracias a Dios por el heroico testimonio de nuestros equipos de primeros auxilios.
Seguimos agradeciendo el compromiso de tantos años de la comunidad de servicios sociales.
Seguimos trabajando por la justicia y la paz.
Seguimos intentando vernos unos a otros como hermanos y hermanas,
y lo hacemos con esperanza,
no porque el camino haya sido fácil,
sino porque Dios ha estado con nosotros en cada paso del camino.
La sanación lleva tiempo.
La esperanza es eterna.
Y Dios, que nos ha acompañado durante los últimos veinticinco años,
sigue caminando a nuestro lado hoy, mañana y siempre.