Fulton Sheen: Un maestro de la virtud
By: OSV News
“¿De qué virtudes crees que Sheen es un ejemplo?”. Esa pregunta me la hizo una compañera hermana que estaba preparando su salón de clases para el inicio del año escolar. Aquí en Peoria, Illinois, ya llevamos varias semanas de clases. Pero en otras partes del país, los estudiantes y maestros acaban de tener sus primeros días de clases esta semana. Esta hermana estaba preparando un tablero informativo sobre los santos y las virtudes.
No he dejado de pensar en esa pregunta. El hecho de su beatificación nos indica que la Iglesia considera a Sheen un hombre de virtud heroica. El futuro beato Fulton Sheen fue sin duda un hombre de fe. Tenía una adhesión profunda y personal a Jesucristo, revelada en su famoso compromiso con la Hora Santa diaria.
“Si quieres saber acerca de Dios”, decía, “ponte de rodillas”. El día de su ordenación, Sheen prometió celebrar una Hora Santa todos los días, y su fidelidad a esa promesa lo dispuso a recibir los frutos de la fe teológica.
La luz de la fe iluminó su mente y le proporcionó una comprensión profunda de los misterios de Cristo, lo cual a su vez inspiró su enseñanza, su predicación y sus escritos, dotándolos de un poder que nacía del Espíritu.
Una fidelidad que marcó su vida
Conocía a Cristo a través del estudio, pero conocía a Cristo a través de la oración.
Esa fidelidad a veces le costó caro. En “Tesoro en barro” (“Treasure in clay”) escribe sobre lo que era capaz de hacer para mantener su cita diaria con Nuestro Señor, incluso en períodos de sequía espiritual y distracción, o aquella vez que quedó encerrado accidentalmente en una iglesia de Chicago, se escapó por una ventana y aterrizó en el depósito de carbón.
El Señor recompensó su fidelidad de la manera más conmovedora, yendo al encuentro de Sheen de manera definitiva durante su Hora Santa el 9 de diciembre de 1979 para guiar a su fiel discípulo a la casa del Padre.
La Hora Santa era la roca de la vida de Fulton Sheen, el lugar donde encontraba su identidad, obtenía ideas para su enseñanza y reunía fuerzas para la tarea que tenía por delante. Era la fuente de su notable integridad. Era la misma persona independientemente de su situación y de su audiencia, tan a gusto entre los ricos y famosos como entre la mujer de la limpieza y el barrendero.
El amor por los pobres y una vida de trabajo duro
Sus historias, sin embargo, revelan que se sentía más a gusto entre los pobres y los sencillos. Contaba la historia del barrendero de Roma que no se dejaba impresionar por los cardenales y obispos reunidos para el Concilio Vaticano II, y quien le recordaba que el hombre sencillo que realizaba su trabajo por amor a Dios estaba haciendo algo más provechoso que cualquier tarea “importante” llevada a cabo por otras razones.
Esta visión espiritual fomentó un profundo respeto por cada individuo y por la sabiduría y el honor del hombre común. Este respeto nació de su amor a Dios, lo cual le permitió ver a cada persona como un hermano o una hermana, con un amor profundo y práctico por el prójimo, un amor que animaba su celo por las almas y que sustentaba su predicación y su actividad misionera.
Fulton Sheen era famoso por su gran capacidad de trabajo. Como profesor universitario, rompía sus apuntes de clase al final de cada período académico y los reescribía cada semestre para abordar el material con una perspectiva renovada.
Dedicaba más de 30 horas a preparar cada episodio de televisión, ensayando su presentación en varios idiomas. Sería fácil tachar a Sheen de adicto al trabajo, pero tal vez se trataba de una forma de ascetismo, una especie de disciplina espiritual y devoción al deber, negándose a ceder a la complacencia que puede acompañar al éxito y a la presunción que exime de trabajar porque “ya sé cómo hacer esto”.
La obediencia a la Iglesia, incluso cuando resultaba difícil
Todas sus actividades –la predicación, la enseñanza, la escritura, las apariciones en radio y televisión, la labor misionera– estaban al servicio de la Iglesia, una expresión de su obediencia inquebrantable a Cristo y a la Iglesia, tal como la manifestaban sus superiores jerárquicos.
Mantenía una visión clara en esta obediencia, enfrentándose cara a cara con el cardenal Francis Spellman cuando lo consideraba correcto. Esta obediencia fue, como toda obediencia lo es en algún momento, una prueba de fuego en sus últimos años, una que aceptó y abrazó por amor a Cristo y a su cuerpo, la Iglesia.
En los tiempos agitados y confusos de los años 60 y 70, Sheen –quien tenía una plataforma y una audiencia al alcance de la mano– eligió el camino de la discreción, evitando intencionalmente que las desavenencias eclesiásticas quedaran a la vista de todos. En su autobiografía solo se hace una vaga referencia a ellas.
Su fe en Cristo, presente en su Iglesia, y su obediencia incluso ante la caída de sus miembros y líderes, le dieron a su amor ese carácter de perseverancia y sacrificio que es el sello distintivo de la virtud, que suena un tanto anticuada, de la longanimidad. Sus pruebas y sufrimientos físicos en la última década de su vida lo conformaron a Cristo, la víctima, convirtiéndolo en testigo de la realidad perdurable de la esperanza cristiana.
Un maestro para una nueva generación de católicos
No es de extrañar, pues, que San Juan Pablo II le dijera a Sheen, apenas dos meses antes de su muerte en 1979: “Eres un hijo leal de la Iglesia”. El pontífice polaco vio en el frágil obispo a un hombre cuya vida e identidad enteras habían sido entregadas a Cristo y puestas al servicio de la Iglesia.
El 24 de septiembre, el sucesor de San Juan Pablo II, a través de su representante, el cardenal Luis Antonio Tagle, declarará beato a Fulton Sheen. Con este acto, la Iglesia, nuestra Madre, nos brinda el don de un maestro y guía, indicándonos que las enseñanzas y los escritos de Sheen pueden formarnos en la fe, y que su vida es un modelo de santidad a través de la imitación de su práctica de la virtud heroica. Mientras los estudiantes llenan las aulas en todo Estados Unidos este septiembre, se invita a los católicos a conocer a un nuevo maestro en la escuela de la santidad: el arzobispo Fulton Sheen.
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La hermana dominica Jude Andrew Link es miembro de las Hermanas Dominicas de María, Madre de la Eucaristía. Imparte clases de teología en la preparatoria Peoria Notre Dame y es la directora de programación para la beatificación de Fulton Sheen en St. Louis.